En un campo que mira hacia un valle verde del sur del Líbano, los vecinos de Zibqin se subieron esta semana a las ramas de sus olivos para recoger la cosecha mientras soldados del Ejército libanés permanecían cerca, vigilando. La escena resume la vida en esa franja fronteriza: trabajar la tierra de siempre, pero con el frente de guerra a la vista y el sonido de los bombardeos como telón de fondo.

Zibqin queda pegada a la zona que Israel se ha declarado a sí misma como área de seguridad dentro del sur libanés, donde sus tropas han demolido decenas de aldeas. El Ejército israelí sostiene que el grupo armado Hezbolá se había incrustado en infraestructura civil de esos lugares, una afirmación que la organización niega. Aunque en junio se acordó un alto el fuego entre ambas partes, la artillería israelí sigue cayendo con frecuencia sobre el valle que se extiende bajo los olivares del pueblo.

Para las familias, volver no era una opción sentimental, sino una necesidad. La aceituna es una de las principales fuentes de ingreso y de alimento de la zona, y la cosecha se espera durante todo un año. Ali Bzieh, un agricultor de 65 años, lo explicó sentado bajo las ramas de su árbol: no tenía alternativa a salir al campo, porque esa tierra es su sustento y el vínculo que su familia mantiene con ella no se abandona de un año para otro.

Muchas familias regresaron a Zibqin después del alto el fuego entre Israel y Hezbolá, el grupo respaldado por Irán. Sin embargo, el funcionario local Raef Bzieh advierte que la situación sigue siendo inestable: los bombardeos y las agresiones en los alrededores del pueblo mantienen a los vecinos entre la preocupación y el pánico, y nadie da la calma por segura.

El peligro llegó a tal punto que los residentes pidieron al Ejército libanés que los acompañara hasta sus campos. Ni aun así se sienten protegidos. Mustafa Barakat, un carpintero de 50 años, reconoce que la presencia militar ayuda poco si del otro lado deciden hacer daño: pueden alcanzar a los agricultores y también a los propios soldados, a los que ya han atacado más de una vez, según su testimonio recogido por Reuters.

Las cifras dan peso a ese temor. Los ataques israelíes han matado a 26 soldados libaneses en lo que va de 2026, de acuerdo con los comunicados que el Ejército del Líbano publica en la red X, y esa fuerza no es parte del conflicto entre Hezbolá e Israel. Consultado por Reuters, el Ejército israelí respondió que sus ataques en el Líbano van dirigidos contra Hezbolá y su infraestructura, no contra el Ejército libanés ni contra los civiles, y aseguró que trabaja para facilitar la cosecha de aceitunas y ayudar a los residentes a llevarla a cabo. En el sur libanés también han muerto 38 soldados israelíes este año, según las publicaciones del propio Ejército de Israel.

La guerra también cambió el ritmo de un trabajo que antes era casi una fiesta familiar. Barakat recuerda que la jornada en el olivar empezaba al amanecer y terminaba con la puesta del sol, que las familias enteras salían juntas y preparaban la comida entre los árboles. Hoy limita sus horas en el campo a los ratos en que el Ejército está presente y ya no lleva a los niños: un bombardeo puede ocurrir en cualquier momento y ponerlos en peligro.

El rendimiento lo está pagando igual. Como Ali Bzieh estuvo desplazado durante varios meses y no pudo atender sus olivos, la producción de este año es la mitad de la habitual. Y el desarraigo sigue latente: algunos vecinos de Zibqin continúan pagando el alquiler de apartamentos en zonas más al norte y otros ya reservaron dónde quedarse si la violencia vuelve a escalar y tienen que huir otra vez.

El cuadro no es exclusivo del sur del Líbano. Grupos palestinos, organizaciones israelíes de derechos humanos y Naciones Unidas han reportado un aumento de la violencia y de los robos de aceitunas por colonos israelíes en la Cisjordania ocupada, de modo que la cosecha anual se ha trastocado a ambos lados de la frontera por el mismo conflicto.

Pese a todo, y por cuarto año consecutivo bajo la sombra de la guerra, los agricultores de Zibqin se niegan a dejar sus campos. Barakat lo resume con una frase que en el pueblo entienden sin necesidad de explicarla: esa tierra es su identidad, el pasaporte que cargan; si la abandonan, se quedan sin identidad. Entre el miedo y el arraigo, la aceituna se sigue recogiendo.

Fuente: Reuters, 29 de octubre de 2026 (reportaje en Zibqin, sur del Líbano: cosecha de aceitunas junto a la zona ocupada por Israel, acompañamiento del Ejército libanés, testimonios de Ali Bzieh, Raef Bzieh y Mustafa Barakat, cifras de soldados libaneses e israelíes muertos en 2026 y respuesta del Ejército israelí). Foto: escena de agricultores recogiendo aceitunas en una ladera del sur del Líbano con su aldea al fondo (imagen original generada en la casa).