Al otro lado de la llamada línea amarilla, la franja de Gaza que permanece bajo control militar israelí, miles de familias viven una espera que no termina: saben, o intuyen, dónde quedaron sepultados sus muertos, pero no pueden llegar hasta ellos. Y ahora temen que las máquinas que demuelen y retiran escombros se lleven también los restos, y que la posibilidad de recuperarlos se pierda para siempre.
El Ministerio de Sanidad de Gaza calcula que al menos 2.500 cadáveres siguen desaparecidos bajo las ruinas en el perímetro dominado por Israel, según explicó a la agencia EFE su portavoz, Zaher al Waheidi. La cifra total en toda la Franja rondaría los 7.100 cuerpos que aún no han podido ser recuperados.
El problema empieza por el propio mapa. El acuerdo de alto el fuego establecía que el perímetro controlado por Israel abarcaría el 53 % del territorio, pero la ambigüedad en el trazado de la línea amarilla —la demarcación a la que se replegaron las fuerzas israelíes al inicio de la tregua— y la expansión posterior de ese control elevan la superficie dominada por encima del 65 %, según las autoridades gazatíes. Tras esa línea no puede entrar la población ni tampoco los equipos de rescate.
«Podemos afirmar con certeza que su paradero es totalmente desconocido, ya que la geografía de esas zonas cambia a diario como consecuencia de las acciones israelíes», explicó a EFE el director de la Defensa Civil de Gaza, Mahmud Basal, en una entrevista en la ciudad de Gaza. Cada demolición mueve toneladas de material de un sitio a otro, y con ese movimiento se borran las referencias que las familias y los rescatistas usaban para ubicar las viviendas destruidas y a quienes quedaron dentro.
La organización Forensic Architecture, dedicada a investigar violaciones de derechos humanos mediante el análisis espacial, ha documentado tres procesos con los que Israel altera esas zonas despobladas: la demolición de edificios y, desde el alto el fuego de octubre de 2025, la compresión de escombros y su retirada. Ha identificado 43 casos de edificios bajo los que permanecen restos humanos tras la línea amarilla; cuatro ya se han visto afectados por trabajos de compresión o de retirada.
Según Júlia Nueno, encargada del estudio, la compresión de escombros se concentra sobre todo alrededor de las nuevas instalaciones militares —la organización cifra en 37 las bases israelíes tras la línea— y junto a la propia línea se ha levantado un muro de tierra hecho en parte con restos de casas cercanas. La retirada de material se ha dado sobre todo en Beit Hanún, al noreste, y en Rafah, al sur, donde además avanzan los trabajos para levantar una «zona humanitaria» auspiciada por la Junta de Paz creada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El Ejército israelí sostiene otra versión. Dos portavoces militares aseguraron a EFE que, si sus fuerzas encuentran restos humanos entre los escombros, coordinan con el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) su devolución al sector sin presencia militar israelí. El CICR, sin embargo, no ha difundido información sobre ningún proceso de ese tipo, y la Defensa Civil gazatí es tajante: Basal afirma que no se ha producido «ningún caso» de entrega de un cadáver o de restos de los que yacen bajo las ruinas.
Detrás de las cifras hay historias que llevan años abiertas. Taysir Ghatás sobrevivió al bombardeo que mató a su mujer el 23 de julio de 2024 en Rafah, la ciudad del sur hoy controlada por Israel e inaccesible para la población. La pareja intentaba abandonar su casa del barrio de Shabura ante el asedio cuando el ataque derrumbó el edificio: ella y cuatro personas desplazadas a las que habían alojado quedaron enterradas, y él logró escapar. «Vivo atado al cuerpo de mi mujer», dice. «Tengo que sacarla de debajo de los escombros y enterrarla como es debido, con dignidad, como a cualquier mártir». Asegura que avisó a la Cruz Roja, pero la respuesta fue que el lugar era inaccesible: el Ejército israelí, lamenta, no quiere coordinar con nadie la entrada en Rafah, y nadie le ha contactado para decirle qué fue del cadáver de su esposa, sepultada desde hace más de dos años.
Algo parecido le ocurre a Mohamed Al Harazin, de la ciudad de Gaza. Su edificio, en el barrio de Shujaiya, al este de la capital, se vino abajo en un bombardeo el 7 de diciembre de 2023 y murieron nueve miembros de su familia. Antes de la tregua, en 2025, consiguió sacar a tres de sus hermanas: eran solo restos, pero pudo identificarlas por la ropa y por pequeñas pertenencias. Quedan todavía su madre y otros cinco familiares. «No se me va de la cabeza ni un instante», dice. «Cualquiera que me escuche debería imaginarse que es su madre, que lleva tres años bajo los escombros. Creo que es un dolor enorme que ningún ser humano puede soportar».
Mientras la retirada de escombros avanza, el temor de estas familias es que el duelo quede abierto para siempre: sin un cuerpo no hay entierro ni despedida. Por eso reclaman que los trabajos se coordinen donde se sabe que hay víctimas y que la Defensa Civil y la Cruz Roja puedan entrar a buscar a los desaparecidos antes de que las máquinas borren su rastro.
Fuente: Agencia EFE, reportaje del miércoles 21 de octubre de 2026 desde Gaza y Jerusalén, de Ahmad Awad y Paula Bernabéu, con declaraciones del portavoz del Ministerio de Sanidad de Gaza Zaher al Waheidi, del director de la Defensa Civil Mahmud Basal, de la organización Forensic Architecture y de portavoces del Ejército israelí. Foto: escena de escombros y equipos de rescate en Gaza (imagen original generada en la casa).