Taiz, la tercera ciudad más grande de Yemen, vuelve a vivir bajo asedio. Las fuerzas hutíes, aliadas de Irán, avanzaron en las últimas semanas hasta cortar la carretera principal que une la ciudad con Adén, hacia el sur, y dejaron a cientos de miles de residentes prácticamente rodeados, con salidas cada vez más limitadas y con los precios de los alimentos y el combustible en plena subida.
Familias enteras han buscado refugio donde han podido: escuelas, edificios a medio construir y locales que no reúnen condiciones mínimas para vivir. Responsables locales de atención a desplazados advirtieron que no existen campamentos preparados para recibir a tanta gente, y que muchas familias se acomodan en espacios sin servicios básicos, sin agua suficiente y sin lo esencial para pasar los próximos días.
Las cifras de desplazamiento muestran la magnitud del golpe. La agencia de migración de Naciones Unidas cifró en más de 233.000 las personas desplazadas en esta nueva etapa del conflicto en Yemen, y más de 121.000 de ellas corresponden a la provincia de Taiz. Fuentes del Gobierno yemení, por su parte, estiman que unas 80.000 personas han huido solo en los combates más recientes alrededor de la ciudad, que tiene una población cercana a los 600.000 habitantes.
El cerco también está asfixiando a los hospitales. La Organización Mundial de la Salud advirtió que una docena de centros médicos de la zona cuentan con combustible para apenas unos cuatro días, en medio de escasez de oxígeno y de medicamentos. Con las carreteras bloqueadas, reponer suministros se ha vuelto una tarea casi imposible justo cuando los combates ya alcanzan barrios urbanos donde se encuentran los principales hospitales de referencia.
En los mercados, el panorama es parecido. Residentes citados por agencias internacionales describen estantes que se vacían, combustible que escasea y basura acumulándose en las calles porque ni siquiera los servicios municipales logran operar con normalidad. El Programa Mundial de Alimentos alertó además de que las reservas de harina de trigo en la ciudad están prácticamente agotadas, un dato especialmente grave en un país donde la desnutrición infantil ya era un problema extendido antes de esta escalada.
La importancia de Taiz va mucho más allá de sus calles. La ciudad es el último gran bastión urbano contrario a los hutíes en las tierras altas del sur de Yemen, sobre las colinas que dominan tanto Adén —sede del Gobierno reconocido internacionalmente, respaldado por una coalición encabezada por Arabia Saudí— como la llanura costera que lleva al estrecho de Bab el-Mandeb, una de las rutas marítimas más sensibles del mundo para el comercio y la energía.
Por eso, una caída de Taiz sería uno de los giros más importantes de la guerra civil yemení desde que los combates se reanudaron este verano, tras una tregua que había aguantado desde 2022. Los hutíes tomaron posiciones al sur de la montaña Jebel Sabar y controlan tramos de la carretera en localidades como Al Turbah, mientras las fuerzas gubernamentales, apoyadas desde el aire por la coalición saudí, intentan recuperar terreno y reabrir el corredor hacia Adén, de unos 200 kilómetros de trayecto montañoso.
La presión no se limita a Taiz. El jueves, según el Gobierno yemení, los hutíes lanzaron misiles contra el complejo del palacio presidencial en Adén y mataron a cinco personas, y la coalición ha reportado decenas de ataques hutíes contra infraestructura saudí en las últimas semanas. El mes pasado, el grupo también reforzó su control en torno a la vía marítima de Bab el-Mandeb, lo que eleva el riesgo de que el frente yemení se conecte todavía más con la guerra regional que estalló tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán en febrero.
Taiz conoce bien este guion. La ciudad fue frente de batalla desde los primeros días de una guerra que comenzó cuando los hutíes tomaron la capital, Saná, en 2014, y soportó años de bombardeos, francotiradores y escasez severa durante un asedio prolongado en la etapa inicial del conflicto. Para muchos de sus vecinos, lo que ocurre ahora no es una crisis nueva, sino el regreso de la pesadilla que creían haber dejado atrás.
Por ahora no hay señales de una salida rápida. Las fuerzas del Gobierno intentan abrir paso para romper el cerco, los hutíes buscan consolidarlo y acercarse más a la ciudad, y las agencias humanitarias advierten de que, sin corredores seguros y sin reposición urgente de combustible, alimentos y medicinas, la situación de los civiles puede deteriorarse en cuestión de días. En Taiz, cada jornada de asedio se mide en hospitales que se apagan, mercados que se vacían y familias que vuelven a huir.
Fuente: Reuters, 16 de octubre de 2026.