Por Fernando Vargas | Mundo X News
En los últimos días hemos visto cómo algunas figuras y comentaristas dominicanos expresan entusiasmo por la intervención del presidente salvadoreño Nayib Bukele en Haití. Incluso hay quienes consideran que la República Dominicana debería involucrarse más directamente en esa operación.
Yo tengo una opinión diferente. Y no porque esté en contra de que Haití recupere la paz, sino porque considero que involucrarnos militarmente en ese conflicto podría convertirse en uno de los errores estratégicos más graves para nuestro país.
Para comprender mi posición, primero tenemos que mirar la historia.
Haití no comenzó a tener problemas con las pandillas de Puerto Príncipe. Su inestabilidad política tiene raíces que se remontan a más de dos siglos.
En 1806, apenas dos años después de su independencia, Jean-Jacques Dessalines, uno de los principales líderes de la revolución haitiana, fue asesinado en medio de conflictos internos por el poder.
En 1915, el presidente Vilbrun Guillaume Sam murió asesinado durante una revuelta política. Aquel acontecimiento precedió a la ocupación estadounidense de Haití, que se prolongó hasta 1934.
Décadas después llegaron la dictadura de François Duvalier, conocido como Papá Doc, y el gobierno de su hijo Jean-Claude Duvalier. También ocurrieron golpes de Estado, intervenciones extranjeras y nuevas crisis institucionales.
En 2021, el presidente Jovenel Moïse fue asesinado dentro de su residencia.
Durante todos estos años, Estados Unidos, Francia, Canadá, Brasil, las Naciones Unidas y otros actores internacionales han participado de distintas maneras en los intentos de estabilizar Haití.
La misión MINUSTAH, por ejemplo, permaneció desde 2004 hasta 2017. Hubo avances en determinadas áreas, pero no se logró construir una estabilidad institucional duradera.
Entonces, mi pregunta es sencilla: si tantas intervenciones internacionales no han conseguido resolver los problemas estructurales de Haití, ¿por qué deberíamos asumir que esta vez será diferente?
Reconozco que Nayib Bukele consiguió reducir considerablemente la violencia de las pandillas en El Salvador. Pero El Salvador no es Haití.
Son países con historias, instituciones, territorios y realidades sociales diferentes.
Ahora Bukele ha desplegado más de dos mil militares en territorio haitiano, inicialmente para buscar a cuatro técnicos salvadoreños desaparecidos tras una emboscada.
Pero una operación de rescate puede complicarse cuando intervienen miles de soldados, organizaciones criminales fuertemente armadas y una población civil atrapada en medio del conflicto.
Y aquí llegamos al punto que considero más importante.
Nayib Bukele puede terminar su operación, declarar una victoria o reconocer que no consiguió sus objetivos, y regresar a El Salvador. Pero la República Dominicana no puede mudarse de isla.
Los dominicanos y los haitianos tendremos que seguir siendo vecinos para siempre.
Compartimos una frontera terrestre de aproximadamente 391 kilómetros. Lo que suceda del otro lado inevitablemente tendrá consecuencias para nosotros.
Imaginemos que la intervención militar provoca enfrentamientos de mayor intensidad, desplazamientos masivos o una crisis humanitaria todavía más profunda.
¿Hacia dónde intentarán desplazarse muchas de esas personas?
Naturalmente, una de las posibilidades será la República Dominicana, por su cercanía geográfica.
Y no estoy hablando de diez o veinte personas. Haití ya tiene más de un millón de desplazados internos por la violencia.
Una escalada podría aumentar la presión migratoria sobre la frontera dominicana, sus hospitales, sus comunidades y sus recursos públicos.
Europa nos ofrece una advertencia sobre cómo los conflictos armados pueden provocar movimientos migratorios de gran magnitud. Las guerras en Siria y otras regiones contribuyeron a importantes desplazamientos hacia países europeos.
No estoy diciendo que ambos escenarios sean idénticos. Estoy diciendo que las consecuencias humanitarias de una guerra no terminan cuando dejan de escucharse los disparos.
Y la República Dominicana sería uno de los países más expuestos a esas consecuencias.
También quiero señalar algo que considero fundamental.
Las pandillas haitianas representan una amenaza gravísima para la población de Haití. Son responsables de asesinatos, secuestros, desplazamientos y enormes sufrimientos.
Sin embargo, eso no significa que la República Dominicana deba asumir como propia una guerra militar contra esas organizaciones.
Nuestro país tiene la obligación de proteger su territorio, fortalecer su frontera, combatir el tráfico de armas y personas y prevenir que la violencia criminal se extienda hacia nuestro lado de la isla.
Eso es muy diferente a enviar soldados dominicanos a combatir en territorio haitiano.
Además, debemos preguntarnos qué ocurriría si una intervención se prolonga durante años. ¿Quién pagaría los costos? ¿Quién respondería por las consecuencias? ¿Quién garantizaría que la operación realmente terminará?
No podemos comprometer la seguridad nacional dominicana basándonos únicamente en la popularidad de un presidente extranjero.
Yo quisiera ver a Haití convertido en una nación estable, con instituciones fuertes, oportunidades económicas y ciudadanos que puedan vivir sin miedo.
Sería extraordinario para Haití y también para la República Dominicana.
Pero los deseos no pueden sustituir la planificación estratégica.
La República Dominicana debe apoyar la paz en Haití mediante la diplomacia, la cooperación humanitaria y los mecanismos internacionales, sin involucrarse directamente en una guerra que podría terminar agravando los problemas que pretende resolver.
Y termino con una reflexión.
El presidente Nayib Bukele tiene su país a miles de kilómetros de Haití. Los dominicanos tenemos a Haití al otro lado de la frontera.
Esa diferencia geográfica debería ser suficiente para comprender por qué nuestras decisiones no pueden ser las mismas.
Porque cuando los soldados extranjeros se marchen, cuando las cámaras de televisión desaparezcan y cuando la comunidad internacional vuelva a mirar hacia otro lado, quienes seguiremos compartiendo esta isla seremos los dominicanos y los haitianos.
Y esa es una realidad que ningún entusiasmo político debería hacernos olvidar.
Fernando Vargas
Director de Mundo X News