Francia vive una de las mayores oleadas de protestas de los últimos años, y su chispa no salió de un partido ni de un sindicato: salió de los institutos. Un análisis de BBC News Mundo publicado este martes reconstruye cómo una movilización de estudiantes de secundaria, nacida por las condiciones de sus propias escuelas, acabó convertida en una crisis nacional para el presidente Emmanuel Macron.

El origen: las aulas. Las protestas comenzaron a mediados de septiembre, con especial fuerza en los barrios populares de la periferia de París, como Seine-Saint-Denis. Los estudiantes denuncian edificios deteriorados, baños que permanecen cerrados, falta de personal sanitario, aulas saturadas y profesores ausentes que nadie sustituye. Según el sindicato docente SNES-FSU, al comenzar el curso faltaban profesores en la mitad de los centros de secundaria del país. A eso se suma el rechazo a Parcoursup, la plataforma que reparte el acceso a los estudios superiores y que muchos jóvenes consideran una lotería injusta.

La gasolina: las redes y la respuesta policial. Las convocatorias corrieron por TikTok y otras plataformas, y cada video de una carga policial contra menores sumaba institutos nuevos al movimiento. Las denuncias de organizaciones de derechos humanos por el uso de gases, proyectiles y granadas antidisturbios contra estudiantes —con adolescentes que han perdido un ojo o una mano en las jornadas previas— convirtieron una queja escolar en un debate nacional sobre la violencia policial. En Rennes, estudiantes resumían así su determinación en declaraciones recogidas por la prensa francesa: «Hay que continuar hasta que nos hagan caso».

La confluencia: entran los sindicatos… y vuelven los chalecos amarillos. Al alumnado se fueron sumando las organizaciones sindicales, los agricultores, los transportistas y las marchas por el clima, cada cual con sus propias demandas. Y apareció el símbolo que lo cambió todo: el regreso de los chalecos amarillos, el movimiento que en 2018 puso contra las cuerdas a Macron por el precio de los combustibles y que esta vez volvió a las convocatorias —anunció alrededor de mil acciones— con el mismo agravio de fondo, el costo de la vida, bajo consignas de unidad con los jóvenes como «jóvenes y amarillos». La protesta dejó de ser de un sector para convertirse en un paraguas del malestar general: encarecimiento de la vida y deterioro de los servicios públicos.

La respuesta del Gobierno. El Ejecutivo anunció medidas para cubrir más de 3.000 plazas docentes que quedaron sin sustituir, pero los representantes estudiantiles las consideran insuficientes y exigen una reforma de fondo: inversión para rehabilitar los institutos, menos alumnos por clase y cambios en el acceso a la universidad. En paralelo, la respuesta más visible ha sido la del orden público, con toques de queda nocturnos en ciudades como París y Niza tras los disturbios del fin de semana.

Por qué pega tan fuerte ahora. El análisis subraya el momento: la crisis llega en la recta final del mandato de Macron, con la inflación presionando los bolsillos, la pérdida de poder adquisitivo y una tensión política creciente. Por eso una protesta que pedía profesores terminó hablando de todo lo demás: cuando el malestar es general, cualquier chispa encuentra combustible. Y la historia ya no depende de los institutos que la encendieron: con los sindicatos y los chalecos amarillos dentro, el futuro del movimiento se decidirá entre la calle y la capacidad del Gobierno de responder a demandas que van mucho más allá de las aulas.

Fuente: BBC News Mundo (con información de la prensa francesa)

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