Es, probablemente, el comienzo de libro más famoso de la historia: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Tres palabras en hebreo — Bereshit bará Elohim — han alimentado miles de años de fe, de arte, de discusión y también de pleito. ¿Qué dice exactamente la Biblia sobre el origen de todo, y cómo lo entiende la gente que la lee hoy?

El relato del Génesis, sin adornos

El primer capítulo presenta una creación ordenada por etapas: primero la luz, luego la separación de las aguas, la tierra seca, las plantas, los luminares del cielo, los animales y, al final, el ser humano, hecho «a imagen» del Creador. El segundo capítulo ofrece otro relato, más íntimo, con el hombre formado del polvo y la vida soplada en él. Los estudiosos notan desde hace siglos que son dos relatos con estilos distintos, unidos en un mismo mensaje: el mundo no es producto del azar ciego ni de una guerra entre dioses — como contaban los mitos vecinos de la época — sino de una voluntad única y buena.

La Biblia vuelve sobre el tema en otros libros. En los Salmos, la creación es motivo de alabanza. En el libro de Job, cuando el protagonista exige explicaciones, la respuesta que recibe es una pregunta que todavía estremece: «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?». Y el Evangelio de Juan abre con un eco deliberado del Génesis: «En el principio era el Verbo».

Las posturas: ¿literal, simbólico o las dos cosas?

Aquí es donde la gente se divide, y conviene presentar las posturas como son. Una parte de los creyentes lee el relato de forma literal: seis días, tal como suenan. Para ellos, la fidelidad al texto es lo primero. Otra parte, también creyente, lo lee como un texto de sentido y no de física: ya en el siglo V, san Agustín advertía que los «días» del Génesis no debían entenderse como días de reloj, y que el relato enseña quién creó y para qué, no el mecanismo paso a paso. Hay quienes buscan un punto medio — los días como eras largas — y quienes lo leen como un marco literario construido para proclamar verdades, no fechas.

Del otro lado, hay lectores no creyentes que lo toman como un mito fundacional más entre los de la antigüedad, valioso como literatura y como ventana a la mente de un pueblo, pero no como descripción de hechos. Y están los científicos creyentes — no son pocos — que sostienen que la ciencia describe el «cómo» y la fe responde el «quién» y el «para qué», y que no hay contradicción obligada entre un Big Bang y un «en el principio».

Lo que cree mucha gente

Las encuestas en Estados Unidos y América Latina muestran un mosaico: una porción grande de la población afirma que Dios creó al ser humano tal como es hoy; otra cree que hubo un proceso largo guiado por Dios; otra atribuye todo a procesos naturales sin intervención. Lo interesante es que la mayoría, creyente o no, sigue tratando el Génesis con un respeto especial: es el texto que le puso palabras al asombro humano ante el origen.

Nuestra conclusión

Nuestra conclusión, y la decimos como medio: el Génesis pierde fuerza cuando se le obliga a ser lo que nunca quiso ser — un manual de física — y también cuando se le despacha como un cuento sin importancia. Su potencia está en otro sitio: afirma que el universo no es un accidente sin sentido, que la vida humana tiene dignidad de origen y que detrás de todo hay intención. Se puede discutir cada detalle del relato; lo que no se puede negar es que esas tres ideas cambiaron la historia del mundo. Por eso, tres mil años después, la gente lo sigue abriendo por la primera página.