Puede que nunca te la hayas hecho en voz alta, pero aparece sola: en un velorio, en el nacimiento de un hijo, en una noche de insomnio. ¿Para qué estamos aquí? Es la pregunta por el sentido de la existencia, y cada tradición humana — la fe, la filosofía, la ciencia — le ha dado una respuesta distinta. Las ponemos sobre la mesa, sin maquillar ninguna.
La respuesta de la fe: un propósito recibido
Para las religiones mayoritarias, el sentido no se inventa: se recibe. La vida tiene un autor y, por tanto, un para qué: conocerlo, amar al prójimo, cuidar la creación y, en muchas tradiciones, prepararse para una vida que continúa más allá de la muerte. El catecismo católico lo resume con una pregunta antigua: Dios nos creó para conocerlo, amarlo y servirlo. En el islam, el ser humano es «khalifa», administrador responsable de la tierra. En el judaísmo, reparar el mundo — tikún olam — es tarea sagrada. Formas distintas, una misma intuición: no estamos aquí por accidente.
La respuesta de la filosofía: un propósito construido
El existencialismo del siglo XX dio la vuelta a la tortilla. Sartre lo dijo con una frase famosa: «la existencia precede a la esencia». Es decir: no hay un guion escrito antes de nacer; primero existimos, y el sentido lo vamos fabricando con nuestras decisiones. Camus fue más crudo: llamó «el absurdo» al choque entre nuestro deseo de sentido y el silencio del universo, y aun así defendió que la vida merece vivirse, como Sísifo empujando su piedra con dignidad.
Entre una orilla y otra quedó Viktor Frankl, psiquiatra que sobrevivió a los campos de concentración nazis y escribió «El hombre en busca de sentido». Su conclusión, nacida en el peor laboratorio posible, fue que quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo: el sentido no es un lujo de tiempos tranquilos, es lo que sostiene a una persona cuando todo lo demás se cae.
La respuesta de la ciencia: silencio cósmico, tarea humana
La ciencia, por su método, no encuentra un propósito escrito en las estrellas: describe mecanismos. La biología explica que estamos «programados» para sobrevivir y transmitir la vida, y la cosmología no le asigna al universo una intención conocida. Pero muchos científicos sacan de ahí una conclusión inesperada: si el cosmos no trae el sentido de fábrica, entonces el sentido es una creación humana — y eso, dicen, no lo hace falso; lo hace nuestro. El amor, la justicia, la belleza y la solidaridad serían reales no porque estén escritos en el cielo, sino porque los escribimos nosotros aquí abajo.
Nuestra conclusión
Y aquí va la nuestra, como medio y como gente que también se ha hecho la pregunta: quizás el sentido de la existencia no es una respuesta que se encuentra un día, como quien encuentra una llave, sino una tarea que se vive todos los días. Recibido o construido — ahí que cada cual lo discuta — el sentido aparece donde una vida deja de girar solo sobre sí misma: en amar a alguien, en criar, en crear algo, en aliviar el dolor de otro, en dejar el barrio, la familia o el país un poco mejor de como se encontró. El que vive así rara vez siente que su vida no tiene sentido. A lo mejor de eso se trata: no de resolver el misterio, sino de responderle con la vida.