Anoche, mientras dormías, tu cerebro proyectó una película que nadie escribió: personas conocidas en lugares imposibles, situaciones urgentes que se disolvían al cambiar de escena y, muy probablemente, una sensación de que todo aquello tenía sentido… hasta que despertaste y se te olvidó casi todo. Los sueños son una de las experiencias humanas más comunes y, a la vez, uno de los grandes misterios de la biología. ¿Por qué soñamos? La ciencia no tiene una respuesta única, pero sí varias explicaciones que se complementan.
Todo ocurre, sobre todo, en la fase REM. Dormir no es un apagón uniforme: atravesamos ciclos de unos 90 minutos que se repiten durante la noche. En la fase REM (de movimientos oculares rápidos, por sus siglas en inglés), los ojos se mueven bajo los párpados, el cuerpo queda temporalmente paralizado —para que no actuemos lo que soñamos— y la actividad cerebral alcanza niveles muy parecidos a los de estar despierto. Es en esa fase cuando aparecen los sueños más vívidos y con más historia.
Lo que ocurre dentro del cerebro ayuda a explicar por qué los sueños son tan raros. Durante la fase REM se activan con fuerza las zonas emocionales, como la amígdala, y las relacionadas con la memoria, como el hipocampo, mientras se «apaga» parcialmente la corteza prefrontal dorsolateral, la región encargada de la lógica y el control. Traducción: hay emoción y recuerdos a todo volumen, pero el censor que dice «eso no tiene sentido» está dormido. Por eso aceptamos sin protestar que un desconocido sea, de alguna manera, nuestro hermano.
Primera pista: ordenar la memoria. Una de las funciones mejor respaldadas es que el sueño ayuda a fijar lo aprendido. Durante la noche, el cerebro reproduce patrones de actividad del día y traslada información de la memoria reciente al almacenamiento de largo plazo, quedándose con lo importante y descartando lo accesorio. Las personas privadas de sueño REM rinden peor en tareas cognitivas, y cualquiera que haya estudiado la noche antes de un examen sabe que dormir bien «asienta» lo aprendido mejor que desvelarse.
Segunda pista: digerir las emociones. Otra línea de investigación sostiene que soñar funciona como una terapia nocturna: el cerebro repasa las experiencias intensas del día —una discusión, una pérdida, un susto— en un entorno químico más tranquilo, lo que rebaja su carga emocional. Por eso, tras un problema grande, solemos soñar con él una y otra vez: la mente está procesando, no atormentándonos sin motivo.
Tercera pista: un simulador de peligros. El investigador finlandés Antti Revonsuo propuso que los sueños, sobre todo los desagradables, serían un ensayo evolutivo: un simulador en el que practicamos cómo reaccionar ante amenazas sin correr riesgo real. Que tantas pesadillas consistan en huir, escondernos o enfrentarnos a algo encaja con esa idea.
Y la explicación más humilde: quizá es un subproducto. La teoría de la activación-síntesis, formulada por J. Allan Hobson y Robert McCarley, plantea que durante el sueño REM el tronco encefálico genera señales en parte aleatorias y la corteza, acostumbrada a contar historias, improvisa una narración para darles sentido. Según esta visión, el «argumento» del sueño sería en buena medida una improvisación del cerebro despierto a medias.
¿Y por qué olvidamos casi todo al despertar? Porque durante la fase REM las áreas que transfieren los recuerdos al almacenamiento a largo plazo están relativamente desactivadas: la memoria a corto plazo retiene el sueño apenas unos segundos o minutos. Para recordarlo, por lo general hay que despertarse justo durante el sueño o inmediatamente después; si pasamos a la siguiente fase sin despertar, aquella película nocturna se pierde para siempre.
Lo más probable, coinciden los especialistas, es que ninguna teoría gane sola: soñamos para consolidar memoria, regular emociones, ensayar respuestas y, de paso, el cerebro aprovecha para conectar ideas de formas que la lógica diurna no permitiría —no en vano hay melodías, inventos y soluciones famosas que, según sus autores, llegaron durmiendo—. Cada noche, sin que hagamos nada, la mente sigue trabajando. Solo que a su manera.