Israel amaneció este jueves sin ganador claro y con una pelea nueva encima de la mesa. El primer ministro, Benjamin Netanyahu, aseguró, sin mostrar pruebas que lo respaldaran, que el resultado sin precedentes de los partidos árabes en las elecciones de esta semana se explica, en parte, por un fraude en las urnas. La respuesta del liderazgo árabe fue inmediata: la acusación quedó rechazada y el señalamiento se describió como una forma de incitación.
El señalamiento marca un giro en el tono del mandatario y de sus aliados de extrema derecha. La participación árabe del martes fue tan alta que, en la práctica, cerró el camino cómodo hacia el poder tanto para Netanyahu como para sus principales rivales judíos. Ninguno de los dos bloques salió de las urnas con los números para gobernar sin negociar, y en ese tablero los votos árabes pasaron de ser un actor secundario a convertirse en la pieza que puede inclinar la balanza.
Las autoridades electorales israelíes confirmaron este jueves que existe una investigación abierta sobre las denuncias de fraude. Al mismo tiempo, pusieron un límite claro a la sospecha: a su juicio, la integridad del proceso no quedó «comprometida de forma sistemática». Es decir, hay señalamientos bajo revisión, pero no una conclusión oficial que ponga en duda el resultado general de la elección.
Los números ayudan a entender la tensión. Con casi el 93 % de los votos ya contados, el bloque nacionalista y religioso que encabeza Netanyahu mantenía una ventaja modesta en escaños frente al conjunto de partidos de derecha y centroizquierda que lidera Gadi Eisenkot. Aun así, las dos coaliciones quedaban por debajo de los 61 escaños que se necesitan para tener mayoría en el Parlamento, la Knéset, de 120 asientos.
En ese conteo, las formaciones que representan a la minoría árabe del país —cerca del 21 % de la población— se encaminaban a obtener 19 escaños, una cifra nunca vista. El bloque de Eisenkot sumaba 48 asientos frente a los 53 del bando de Netanyahu, de modo que, sin un respaldo árabe amplio, su ruta hacia el Gobierno se quedaba sin una salida realista. Hasta ahora, el propio Eisenkot ha descartado esa posibilidad.
Queda, sin embargo, una puerta entreabierta que explica buena parte de la estrategia atribuida a Netanyahu. El campo opositor podría intentar un Gobierno en minoría que se sostenga con apoyo árabe desde fuera, sin sentar a esos partidos dentro de la coalición. Analistas y críticos sostienen que, al endurecer sus ataques, el primer ministro busca precisamente que esa opción resulte políticamente imposible de plantear para su rival, porque sería el camino que podría sacarlo del poder.
Eytan Gilboa, profesor de política en la Universidad Reichman, lo resumió en una frase que Reuters recogió este jueves: el objetivo sería «deslegitimar cualquier cooperación entre árabes y judíos». Bajo esa lectura, la denuncia de fraude no se limita a discutir unas actas electorales; funciona también como un mensaje hacia el centro político israelí, al que se le advierte que apoyarse en los partidos árabes tendrá un costo público inmediato.
El trasfondo viene de la noche electoral misma. Los sondeos a pie de urna ya habían dejado un empate en Israel, con Netanyahu y Eisenkot disputándose el liderazgo sin que ninguno alcanzara la mayoría, y desde entonces los dirigentes árabes han insistido en que quien quiera ofrecer una alternativa real al actual Gobierno tendrá que hablar con ellos. Esa centralidad nueva es, al mismo tiempo, su mayor fortaleza y el blanco principal de la ofensiva retórica del primer ministro.
Lo que sigue es un calendario lento. Los responsables electorales esperaban terminar el recuento a lo largo de este mismo jueves, pero el resultado definitivo no resolverá el problema de fondo: sin un bloque en 61 escaños, Israel entra en semanas de negociaciones prolongadas para intentar formar Gobierno. Los escenarios que se abren en Israel pasan por pactos incómodos, apoyos externos o, si todo se traba, por la sombra de una nueva convocatoria electoral.
Mientras tanto, la disputa por la legitimidad del voto árabe queda instalada en el centro de la política israelí. Para los partidos árabes, su avance es el producto de una movilización histórica de sus electores; para Netanyahu, que corre el riesgo de perder el poder tras años al frente del Ejecutivo, ese mismo avance se ha convertido en el argumento a combatir antes de que las negociaciones de coalición lo conviertan en decisivo.
Fuente: Reuters, 29 de octubre de 2026 (Jerusalén; Netanyahu alega sin pruebas fraude vinculado al avance récord de los partidos árabes, rechazo de los líderes árabes, investigación de las autoridades electorales sin compromiso sistemático de la integridad del voto, conteo cercano al 93 % con 53 escaños para el bloque de Netanyahu, 48 para el de Eisenkot y 19 proyectados para los partidos árabes, y lectura del analista Eytan Gilboa). Foto: la Knéset, el Parlamento de Israel, en Jerusalén al atardecer con las banderas del país (imagen original generada en la casa).